FATEGASH

Capítulo 1
Tann ( I )

        La figura llevaba una capa roja, el mismo color que la sangre. La sangre de toda la gente que iba a morir. De repente se giró hacia Tann, y pudo ver un rostro blanco, alargado, terrorífico. Sus ojos eran tan oscuros como el vacío. Levantó su mano derecha, y de la capa que le rodeaba surgió una mano oscura, con dedos alargados y puntiagudos, que se dirigían a la cara de Tann.
       Abrió los ojos. Todo aún era demasiado oscuro, y la cabeza le estaba matando. Se incorporó lentamente y respiró profundamente, intentando olvidar la terrible pesadilla. No pudo, se repetían demasiado a menudo. Tann miró a su alrededor. Había algo extraño. Su habitación no era como él recordaba. Quizá sería que llevaba mucho rato dormido y sus ojos aún no se habían acostumbrado a la poca luz. Cuando la vista se le aclaró del todo, no tuvo ninguna duda. Aquélla no era su habitación. Trató de averiguar dónde se encontraba, pero la cabeza no le dejaba pensar bien. Se frotó la nuca, y descubrió unos vendajes en la cabeza. Le dolió mucho. Fue entonces cuando vió que estaba otra vez en el hospital, pero no sabía porqué. Intentó recordar...

       Desde hace algún tiempo, esas extrañas pesadillas empezaron a atormentarle. En algunas aparecía la inquietante figura de la capa roja y el rostro blanco. En la mayoría de ellas. Pero en otras, todo parecía demasiado real. La primera de todas ocurrió hace, exactamente, 4 meses.

       -Las cosas son así, no puedo evitarlo, mamá.- Tann hablaba por teléfono con su madre mientras veía la tele. La programación nocturna era basura, y no le prestaba mucha atención. -No puedo ir. Mi trabajo me lo impide.
       -Tann, ya sabes cómo se pone cuando no cumples tus promesas.- Suplicaba su madre.- Te lo dijo hace tanto tiempo...
       -Yo no sabía que me iban a necesitar justo ese mismo día... yo no puedo controlar el destino... aún.
       -En fin, le diré que te llame. Y a ver si visitas a tu padre de vez en cuando...
       -De acuerdo mamá. Un beso.- Colgó el teléfono, no sin antes ver si su madre colgaba primero. Todo era cierto, le sabía mal no poder ir a esa reunión. Y peor no poder visitar a su padre. Pero tenía trabajo que hacer. Apagó la tele enseguida y se fue a dormir. Apagó las luces de su apartamento, tomó un poco de agua mineral y se fue a su habitación. Se durmió, y la pesadilla no tardó en aparecer. Las imágenes eran bastante nítidas. Estaba tumbado. Le costaba moverse. Todo alrededor era blanco, salvo al mirar hacia arriba, que era todo negro. Se dio cuenta que estaba en una especie de sarcófago, con las paredes interiores blancas. Igual que un ataúd. Estaba muerto.

       A la mañana siguiente, Tann estaba desayunando en una cafetería con Jen, una amiga de hace mucho tiempo.
       -No te preocupes, no estás loco.- Le confesó a Tann, mientras echaba azúcar al café.- Mucha gente sueña con su propia muerte.
       -Te juro que era muy real. Quizá fuese el sueño más... interactivo que he tenido nunca. Aún a pesar de estar muerto.-Tann tenía razón. Incluso pudo sentir el tacto de la tela interior del ataúd. Y recordaba que podía respirar.
       -Eso de respirar también es normal. Lo único que tenías era la... sensación de estar muerto. Respirabas porque estabas respirando, tumbado en tu cama.
       -Eso también es curioso.- El camarero le trajo a Tann su sandwich mixto.- Me desperté en el suelo de la cocina, Jen.
       -Eso ya no es normal. Eres sonámbulo, está claro.
       -Pero, ¿porqué ahora? Nunca me había pasado una cosa así. Además, estaba soñando que estaba muerto, ¿cómo voy a caminar por mi casa?
       -Lo que debes hacer es ir al médico, que te haga pruebas, y seguro te dirá que estás estresado, o que es la contaminación de esta bendita ciudad. Luego te dará un placebo y ... ¡curado!
       -No creo que vaya a ser tan sencillo, Jen.- Dijo Tann, fijando sus ojos en los de su amiga.- De todas formas te haré caso, iré a ver al doctor.
       -te acompañaré.
       -No hace falta. Y te recuerdo que tienes que estudiar.
       -Eso puede esperar. Yo quiero acompañarte.-Tann no podía decir que no. Él y Jen se conocieron en el instituto, y nunca ha negado que sintió algo por ella. Dejó el dinero sobre la mesa del bar mientras le sonreía a Jen. El camarero cogió el dinero y Tann le miró la mano por casualidad. Lo que vió le dejó helado. El camarero tenía 8 dedos en la mano. Fue todo muy rápido, y el camarero ya no estaba en la mesa. Tann se giró para verle yendo hacia la máquina registradora. Después se inclinó sobre la mesa para contárselo a Jen al oído.
       -Ese camarero tenía más dedos de lo normal, ¿lo has visto?
       -¿Qué? Tann, estaba buscando mi móvil en el bolso, no le he visto. ¿Era un alien o algo peor?
       -No seas sarcástica. Sé lo que he visto. Ahí viene con las vueltas.-Tann separó su cara de la de Jen, y los dos se prepararon para observar la aberración.
       -Aquí tiene, tres con sesenta. Muchas gracias.- El camarero le devolvió las monedas, pero esta vez, sus manos eran completamente normales: cinco dedos humanos. Los dos lo vieron.
       -...Gracias- Tann cogió las monedas.
       -Tann...- Dijo Jen cuando el camarero se fue.-...necesitas ese placebo enseguida.-Ambos cogieron sus cosas y salieron de la cafetería.
       -bueno, Jen. Me tengo que ir a trabajar. Ha sido un placer estar contigo, después de tanto tiempo sin vernos, ¿verdad?
      -Verdad. Oye... ¿qué te parece si uno de estos días nos vamos al cine?
       -Jen, yo... -Tann se lo pensó mejor- ...sí, me parece bien.
       -¿Qué te pasa?-Jen notó que Tann tenía algo que decir.
       -Nada... ya sabes, el placebo.-Mintió.
       -Bueno, pues ya te llamaré yo. ¡Hastaluego!
       -Adiós...-Tann se quedó unos segundos parado, observando a Jen calle abajo. Sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta del coche. Se dispuso a arrancar, pero al mirar por el espejo retrovisor vió que Jen estaba sentada en el asiento de atrás.
       -Tann, deberías habérmelo dicho...- Susurró Jen. Tann se giró enseguida sorprendido, pero al ver el asiento de atrás, Jen había desaparecido... Ahora tenía mas claro que nunca que debía ir al médico. Arrancó y empezó a trabajar. Ser taxista en una ciudad tan grande era un trabajo difícil. Debía recoger a una persona en el aeropuerto dentro de 10 minutos. Cuando ya llevaba la mitad del camino, empezó a dolerle la cabeza de forma bestial. No le dejaba conducir, y no le dio tiempo a parar para descansar. Perdió el conocimiento.

       Despertó en su casa. No recordaba nada. No sabía qué hora era, ni qué día. Le entró el pánico. Lo único que recorbada era que iba en el taxi. Quizá tuvo un accidente y alguien lo llevó a casa. Pero no le dolía nada. Era muy extraño. De repente, alguien llamó a la puerta. Se levantó sorprendido, ya que no espera ninguna visita. Miró por la mirilla. Era la policía. Tann abrió la puerta.
       -¿Es usted el sr. Doyle?- Preguntó el tipo de la gabardina, que tenía pinta de detective. Detrás de él había un agente uniformado.
       -Sí, soy yo. ¿qué ocurre?- Todo iba de extraño a surrealista.
       -Quisiera hacerle unas preguntas.
       -De acuerdo... esperen un segundo... no llevo pantalones.-Tann dejó medio abierta la puerta y buscó su ropa. Fue cuando se ubicó en el tiempo: eran las ocho de la tarde, estaba anocheciendo y no veía nada. Tuvo que encender la luz de su cuarto. Encontró los pantalones en el suelo, cerca de su cama. Al levantar la vista del suelo, vió lo que alguien había escrito en las paredes. Todo su cuarto estaba lleno de símbolos extraños escritos con pintura negra. Tann seguía parado mirando las escrituras, mientras los policías entraban en su apartamento.
       -¿Señor Doyle?-Tann oyó al detective. Apagó las luces de su habitación y fue enseguida a recibir a los policías.
       -Sí, pasen, pasen... siéntese aquí.- Tann le ofreció al detective un asiento en la mesa de la cocina, después de asegurarse de que no se veía su cuarto desde ahí. No sabía porqué, pero sentía que los policías estaban en su casa por algo relacionado con aquellas escrituras.
       -Disculpe por irrumpir de esta forma en su hogar, sr. Doyle.- Dijo el detective.- Debo hacerle unas preguntas importantes.
       -¿De qué se trata?
       -Verá, anoche se produjo un atropello en la calle Mayor. La víctima está bien, un par de huesos rotos. Le atropelló un taxi que iba a toda velocidad, Y dijo que prácticamente iba directo hacia él.
       -Ajá. ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo?
       -Los testigos nos proporcionaron la matrícula del taxi, que fue encontrado a varios centenares de metros del lugar del incidente. Es su taxi.
       Tann no podía creérselo. Se levantó de la silla, incrédulo.
       -No, eso no puede ser. ¡Yo no hice nada!
       -¿Dónde estuvo ayer entre las 10 y las 12 de la noche?
       -Pues...-Tann trató de recordar. El detective y el policía le miraban expectantes.-...no me acuerdo de nada... Sólo sé que empecé a trabajar a las 11 y media de la mañana... a partir de ahí no recuerdo nada.- Tann se sentó en la silla otra vez, puso los codos sobre la mesa y se agarró la cabeza. Miraba al infinito, a través de la mesa. Pero no pudo recordar nada.
       -Me temo que tendrá que acompañarnos. Debemos aclarar esto.- El policía esposó a Tann, mientras éste seguía con la mirada perdida.
       Se lo llevaron al coche. Lo metieron en el asiento de atrás y se lo llevaron a comisaría.

       Sólo pudo recordar hasta ahí. Alguien entró de repente en la habitación del hospital. La luz del pasillo le impedía ver bien quién era. Sólo veía la silueta.
       -Al fin te encontré...-


capítulos

capítulo 2>>